Martes, 22 Agosto, 2017

            

35 años después de una fecha inaugural

Imagen ilustrativa | Foto: Archivo
Ramón Ramos


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Las hojas del calendario han ido pasando y, al cabo, el próximo martes se cumplen 35 años de las primeras elecciones autonómicas celebradas en Andalucía. Una de esas efemérides en números redondos que parecen oportunas para echar la vista atrás, situarse en aquella fecha animosa y reflexionar sobre lo entonces ideado y lo realmente alcanzado.

Aquel 23-M de 1982 tiene todo un significante histórico porque preludió los equilibrios que durante más de una década regirían en la política española: por un lado, trajeron la primera victoria por mayoría absoluta en el periodo de la transición o restauración democrática. La del PSOE, arrollador e ilusionante en aquel contexto, con unos líderes de enorme gancho electoral. Rafael Escuredo como un remedo a nivel andaluz de la figura nacional de Felipe González. En clave de ‘primera vuelta’ para el anticipo electoral que se intuía a la vista de la UCD en el Gobierno, aquella convocatoria andaluza marcó también la irrupción de Alianza Popular como el gran partido representativo del electorado conservador o de derechas. En otro sentido, el PCE -PCA, en los carteles electorales- y su invocación al ‘juntos podemos’ con que invitaba a la unidad de la izquierda salió sorprendido y dañado por la fortaleza electoral socialista y en la siguiente cita, ya en 1986, había abandonado sus históricas siglas para iniciar el ensayo de Izquierda Unida.

PSOE y AP -después, PP- se repartieron así, a partir de aquel 23 de mayo de 1982, el escenario político, del que fue haciendo mutis la UCD, y esos dos colores predominantes se han repartido desde entonces las preferencias del electorado hasta dibujar lo que después se llamó bipartidismo que ha proyectado su dominio hasta las últimas citas electorales, consumido ya decenio y medio del siglo XXI.

Aquella campaña electoral rompió, por otra parte, el espíritu de la transición y el consenso como concepto de acuerdo en la consolidación de la democracia, al que se apelaba para no tensar la cuerda entre las fuerzas comprometidas con la transición política. El empresariado andaluz jugó fuerte en su apoyo a la emergente Alianza Popular y sus pasquines que transformaban el puño y la rosa en el gusano y la manzana inauguraron, en aquel panorama, la crispación como herramienta política, que tantas tensiones ha traído a la contienda electoral con distinta intensidad y en diversas épocas.

La mañana primaveral del 23 de mayo de 1982, en fin, amaneció luminosa. A menos de un mes del Mundial de Fútbol, una de esas citas a largo plazo que se intuyen lejanas pero siempre llegan, la aspiración autonómica, aquella fiebre desbordada, la aventura excesiva de un exceso desbordado, en el 23-M inaugural pocos podían imaginar al cabo que estamos llegando al mismo día de 2017 en el mismo punto de atraso en que Andalucía estaba con respecto a las demás regiones y la media nacional, con índices de atraso que la autonomía -que todo lo iba a arreglar- no ha resuelto. Así, y por poner el ejemplo más significativo, en seguida se abandonó la reforma agraria, el proyecto inaugural, fundacional y primigenio, aquel que por sí solo justificaba la iniciativa autonómica. La autonomía ha traído escuelas, institutos, hospitales, carreteras… Sí, pero nada impide pensar que un Estado centralizado pero democrático no hubiera ofrecido en 35 años idéntico balance. Y, en cambio, se ha montado una desmesurada maquinaria burocrática, un sinfín de sedes, organismos y cargos y carguillos intermedios, una teta inagotable que nutre al único partido gobernante en Andalucía… Y en el caso concreto de Granada, la percepción de que 35 años de autonomía han arrasado -por culpa o no de la Junta- con cinco siglos de historia.

Treinta y cinco años de tránsito en círculo nos han devuelto y mantienen en el punto de partida. ¡Ah! Y sigue habiendo muchos sevillanos, granadinos, cordobeses, malagueños… Pero en este artificio sigue habiendo muy pocos andaluces.

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